La gira de 25 años de Los Delinqüentes no es un simple repaso a su carrera. Es más bien una celebración constante de un sonido que sigue estando vivo, incluso dos décadas después de su punto más alto. En Zaragoza, esa idea se volvió bastante evidente desde el primer momento.
La Sala Multiusos acogía la quinta fecha del tour con un ambiente que ya se notaba antes incluso de que el grupo apareciera en el escenario. El público respondía a un concierto que llevaba semanas colgando el cartel de sold out, con una mezcla de nostalgia, ganas de fiesta y ese punto de calor que ya empieza a asomar en la ciudad cuando se acerca el verano.
El inicio no fue inmediato. Unos veinte minutos de espera que, lejos de enfriar el ambiente, terminaron de cargarlo. Mientras tanto, por los altavoces sonaba Black Sabbath, un contraste curioso con lo que estaba por venir. De repente, la pantalla del escenario se encendía con un grafiti que anunciaba claramente lo que iba a pasar: Los Delinqüentes.

Un inicio directo al recuerdo
La banda apareció en escena con El Canijo de Jerez y Diego Pozo al frente, acompañados por una formación que desde el primer minuto dejó claro el enfoque del concierto: no era una versión reducida de su música, era su sonido en directo llevado al máximo.
El arranque llegó con “Esos bichos que nacen de los claveles” y “A la luz del Lorenzo”, dos temas que colocaron rápidamente al público en el terreno que el grupo quería. Incluso el confeti apareció antes de lo esperado. En lugar de guardarlo para el final, cayó sobre la sala en los primeros compases del concierto, marcando desde el inicio un tono festivo que no se iba a soltar en toda la noche.
Flamenco, calle y una banda que suena a alegría
Uno de los puntos más llamativos del concierto fue la riqueza instrumental. Bajo, guitarras españolas, batería, congas, güiro y, sobre todo, las palmadas. Todo construyendo un sonido que no se sostiene solo en la nostalgia, sino en la energía de la interpretación en directo. El Canijo de Jerez lo resumía a su manera, con una frase que encajaba perfectamente con el ambiente: “Bienvenidos a nuestra peluquería, garrapateros y garrapateras. Bienvenidos a la ceremonia.” A partir de ahí, el concierto entró en una dinámica muy clara: celebración constante.

Los Delinqüentes y un recorrido por toda su historia
El repertorio fue construyéndose como un viaje por distintas etapas de la banda. Temas como “El aire de la calle” o “Tabanquero” volvieron a colocar en el centro ese imaginario de El sentimiento garrapatero que nos traen las flores, un disco que sigue siendo referencia absoluta para muchos de sus seguidores.
También hubo espacio para El verde rebelde vuelve, otro de los trabajos más queridos por su base de fans, lo que convirtió el concierto en algo más cercano a una reunión de toda una generación que a un simple show. Era un repaso completo a una identidad musical.

Un cierre que no necesitó exageraciones
Durante todo el concierto hubo una sensación bastante clara: esto no es un grupo recuperando canciones del pasado, es un sonido que sigue teniendo sentido hoy. No por adaptación ni por modernización, sino porque nunca dejó de estar conectado a una forma muy concreta de entender la música y la calle. Había gente que claramente ha crecido con estas canciones, y otra que probablemente las ha descubierto más tarde, pero en la sala todo se mezclaba sin fricción. Eso también forma parte del fenómeno de Los Delinqüentes: su música no depende de una época concreta para funcionar.
Lo que ofrecieron fue exactamente lo que su público fue a buscar: un directo lleno de vida, con un sonido que sigue funcionando en vivo y una identidad que no ha perdido fuerza con el paso del tiempo. Más que un concierto, lo de Zaragoza fue una confirmación: su música sigue teniendo un espacio propio, incluso 25 años después.
