Probablemente mucha gente joven haya escuchado la voz de Linda Ronstadt sin saber que era ella. Cuando Long Long Time volvió a emocionar a millones de personas gracias a The Last of Us, muchos descubrieron aquella canción por primera vez.
Lo que quizá no sabían es que detrás de esa voz estaba una de las artistas más importantes, valientes y versátiles que ha dado la música estadounidense.
Hoy, 15 de julio, se cumplen 80 años del nacimiento de Linda Ronstadt, una cantante que nunca entendió la música como una competición de estilos. Mientras la industria insistía en poner etiquetas, ella hacía exactamente lo contrario. Un disco podía acercarse al rock, el siguiente al country, después al jazz, a la música mexicana o incluso a la ópera. Y, sorprendentemente, en todos encontraba su sitio.
Una voz que conquistó los años setenta sin parecerse a nadie
Linda Ronstadt nació en Tucson (Arizona) en 1946, en una familia donde la música siempre estuvo muy presente. Desde pequeña convivió con las rancheras mexicanas, el folk estadounidense, el country y el rock and roll que sonaba al otro lado de la radio. Sin darse cuenta, estaba construyendo una identidad que años después resultaría imposible de copiar.
Durante la década de los setenta se convirtió en una de las artistas más importantes de Estados Unidos. Álbumes como Heart Like a Wheel, Hasten Down the Wind o Simple Dreams la llevaron a vender millones de discos y llenar pabellones en una época donde muy pocas mujeres ocupaban ese espacio dentro del rock.
Pero hay algo curioso en su historia. Linda Ronstadt nunca destacó por escribir decenas de canciones propias. Su mayor talento estaba en otro lugar: hacer completamente suyas las canciones de otros. Era capaz de coger un tema y darle una personalidad diferente, como si siempre hubiera sido escrito para ella. Muy pocos intérpretes han tenido esa capacidad.

Cuando cambiar de estilo era casi una locura
Lo fácil habría sido seguir haciendo exactamente lo mismo. Tenía éxito, las ventas la acompañaban y la industria estaba cómoda con aquella fórmula. Sin embargo, Linda Ronstadt nunca pareció interesada en repetir una receta solo porque funcionara.
Cuando estaba en la cima decidió grabar estándares estadounidenses junto al legendario arreglista Nelson Riddle, recuperando un repertorio que muchos consideraban completamente pasado de moda. Más tarde se subió a los escenarios para interpretar The Pirates of Penzance y demostró que también podía desenvolverse como soprano.
Y todavía quedaba uno de los proyectos más personales de toda su carrera. Volver a cantar en español también era volver a casa. Aunque gran parte del público la conocía por sus discos en inglés, Linda Ronstadt siempre sintió una conexión muy fuerte con sus raíces mexicanas.
Había crecido escuchando a Lola Beltrán, Los Panchos o el Mariachi Vargas gracias a su padre y a su familia. Durante años quiso grabar un álbum completamente en español, pero las discográficas no terminaban de verlo claro. Pensaban que aquel proyecto no interesaría al gran público.
Se equivocaron. En 1987 publicó Canciones de Mi Padre, un homenaje a la música tradicional mexicana que terminó convirtiéndose en uno de los discos en español más vendidos de la historia de Estados Unidos.
Linda nunca escondió que necesitaba hacer ese disco porque formaba parte de quién era. Más que cambiar de idioma, estaba reconectando con la música que había escuchado desde niña.

Linda Ronstadt: mucho más que una cantante de éxito
Su influencia va mucho más allá de los discos que vendió. Antes de que Eagles se convirtieran en una de las bandas más importantes del planeta, varios de sus futuros miembros pasaron por el grupo de Linda Ronstadt. También abrió el camino para que muchas artistas demostraran que una mujer podía liderar una banda, tomar decisiones sobre su carrera y negarse a quedarse encerrada en un único género.
Su productor y mánager, Peter Asher, contaba que muchas personas de la industria la calificaban como una artista “difícil”. Él siempre respondía lo mismo: no era difícil, simplemente tenía muy claro lo que quería.
Y seguramente ahí estaba la diferencia. Nunca dejó que otros eligieran por ella. En la última etapa de su vida llegó una de las noticias más duras. Linda Ronstadt tuvo que abandonar definitivamente los escenarios después de perder la capacidad de cantar debido a una enfermedad neurodegenerativa que más tarde fue identificada como parálisis supranuclear progresiva (PSP). Para alguien que había hecho de su voz su mejor herramienta, fue un golpe enorme.
Aun así, nunca desapareció del todo. Su historia volvió a ponerse sobre la mesa gracias al documental Linda Ronstadt: The Sound of My Voice, y en los últimos años una nueva generación descubrió canciones como Long Long Time gracias a The Last of Us. También sigue adelante el proyecto de una película sobre su vida, con Selena Gómez vinculada al papel protagonista.
Quizá muchos lleguen hasta ella por una serie de televisión. Otros lo harán por curiosidad. Pero lo bonito es que, cuando uno empieza a escuchar a Linda Ronstadt, descubre que resulta muy difícil quedarse en una sola canción.

El camino de una estrella llamada Linda Ronstadt
Hablar de Linda Ronstadt no es solo hablar de una voz extraordinaria o de una colección de premios que incluye 11 Grammy, un Latin Grammy, su entrada en el Salón de la Fama del Rock and Roll o la Medalla Nacional de las Artes.
Todo eso está muy bien. Pero su verdadero legado fue demostrar que un artista no tiene por qué quedarse quieto para seguir siendo reconocido.
Nunca eligió el camino más fácil. Nunca dejó de explorar nuevos sonidos y nunca permitió que la encasillaran. Mientras otros protegían una fórmula de éxito, ella prefería volver a empezar una y otra vez.
Y quizá por eso, ocho décadas después de su nacimiento, sigue siendo una de esas artistas que cuesta explicar con una sola etiqueta. Porque Linda Ronstadt nunca quiso ser una sola cosa. Y probablemente ahí estuvo siempre su mayor virtud.
