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Entradas de conciertos
La Riviera de Madrid en uno de sus shows - Fuente: Instagram ( @marquitos_ )

El mundo avanza. Algunas cosas mejoran, otras simplemente cambian y unas cuantas parecen empeñadas en demostrar que siempre se puede encontrar una nueva forma de cobrar por lo mismo. En esto se está convirtiendo las entradas de conciertos musicales.

En las entradas de conciertos está pasando algo parecido. El último ejemplo que ha llamado la atención aparece en Madrid, con Lagos y su próximo concierto en La Riviera. Para el espectáculo se han establecido diferentes tipos de entrada, incluyendo una zona front stage que supone pagar más que la entrada general.

Y aquí aparece la pregunta: ¿qué sentido tiene convertir una sala como La Riviera en un pequeño estadio con diferentes categorías de público?

Porque La Riviera es La Riviera. Una sala con sus entradas de conciertos. Una sala que tiene sus palmeras, sus columnas, sus barandillas y sus rincones donde, dependiendo de dónde acabes colocado, quizá veas más arquitectura que artista. No estamos hablando del Riyadh Air Metropolitano ni de un estadio con decenas de miles de personas. Estamos hablando de una sala.

Entradas de conciertos
Precio de las entradas para el concierto de Lagos en La Riviera – Fuente: ticketmaster.es

El concierto también se está convirtiendo en una escalera

Pagar más por estar más cerca del escenario no es algo nuevo. Los formatos VIP llevan años existiendo y, en determinados espectáculos, pueden tener sentido: acceso anticipado, merchandising exclusivo, encuentros con el artista o experiencias diferentes.

El problema aparece cuando la diferencia empieza a reducirse a algo mucho más sencillo: pagar más por ocupar una zona determinada del mismo concierto.

En el caso de La Riviera, la división entre entrada general y front stage vuelve a poner encima de la mesa una tendencia que cada vez parece más normal. Primero llegaron las entradas de conciertos normales, luego las VIP y después las experiencias premium. Fueron llegando las zonas exclusivas y ahora parece que cualquier espacio puede convertirse en una categoría distinta si encontramos una manera de ponerle un precio. Dentro de poco tendremos que empezar a mirar el plano del recinto con la calculadora en la mano.

Entradas de conciertos: el problema no es querer estar delante

Y aquí conviene hacer una distinción. No hay nada malo en querer estar cerca del escenario. Tampoco en pagar más por una experiencia que realmente ofrece algo diferente. El problema es normalizar que cada mejora dentro de un concierto tenga un precio adicional.

Porque ir a un show ya no consiste únicamente en comprar varias entradas de conciertos para Hay que mirar el precio inicial, los gastos de gestión, el tipo de entrada, dónde está situada, si permite acceder antes, si tiene alguna ventaja y, en algunos casos, cuánto terminarás pagando realmente cuando llegues a la pantalla final de compra.

Y mientras tanto, el fan sigue siendo el mismo. El que escucha al artista, el que compra el disco, el que comparte las canciones, el que llena las salas y el que, al final, mantiene vivo todo esto.

Dillom Show
Dillom en directo actuando en La Riviera de Madrid – Fuente: Instagram ( @salalariviera )

Lo que se abre es difícil de cerrar

Lo más preocupante no es el concierto de Lagos. Es lo que ocurre cuando determinadas prácticas empiezan a funcionar.

Porque si algo demuestra que el público está dispuesto a pagar más, se convierte en un precedente. Y los precedentes en la industria cultural tienen una curiosa facilidad para convertirse en costumbre.

Lo mismo ha ocurrido en otros sectores. Primero aparece como una excepción, después como una opción y más tarde se convierte en algo habitual. Y finalmente nos preguntamos cómo era posible vivir sin ello. En la música también estamos viendo cómo algunas cosas que hace unos años parecían impensables empiezan a formar parte del paisaje, desde nuevas formas de consumir canciones hasta la llegada de música generada por inteligencia artificial.

En los videojuegos, por ejemplo, llevamos años viendo cómo se transforma la relación entre el consumidor y el producto. Lo físico pierde espacio frente a lo digital, aparecen compras dentro de los propios juegos y determinadas experiencias que antes formaban parte del producto empiezan a separarse y venderse de manera independiente. El problema no es que la industria cambie. El problema es hacia dónde cambia.

GTA físico
Grand Theft Auto V en físico – Fuente: Instagram ( @retroleonera )

Del bolo a hacer números

También hay algo que se está perdiendo por el camino. Ir a un concierto debería ser relativamente sencillo. Compras una entrada, vas a una sala y ves tocar a alguien que te gusta. Ahora, para mucha gente, acudir a un bolo implica hacer números.

¿Me compro la entrada? ¿Pago la zona buena? ¿Me desplazo? ¿Ceno fuera? ¿Vuelvo en transporte público? ¿Me compensa? Y mientras haces todas esas cuentas, existe otra realidad que tampoco mejora: llegar al concierto y encontrarte con decenas de móviles levantados, personas hablando durante las canciones y gente que parece estar más pendiente de grabar el momento que de vivirlo.

Quizá estamos pagando más por estar más cerca de un escenario para terminar viendo al artista a través de la pantalla del móvil de la persona que tenemos delante. La ironía prácticamente se escribe sola.

Entradas de conciertos
Lil Supa actuando en vivo con decenas de móviles grabándole – Fuente: Instagram ( @legado_latino_ )

¿Quién pone el límite en las entradas de conciertos?

Tampoco sería justo cargar toda la responsabilidad sobre los artistas. Muchas veces las decisiones de precios, distribución de entradas y configuración de los recintos dependen de promotores, agencias, empresas de ticketing y diferentes actores de una industria bastante más grande que el propio artista.

Pero los artistas tampoco pueden vivir completamente al margen de lo que ocurre con su público. Si una determinada fórmula se empieza a repetir, tendrá que preguntarse dónde está el límite.

Porque una cosa es monetizar una experiencia y otra muy diferente es convertir cada centímetro del recinto en una oportunidad de negocio.

La pregunta no debería ser cuánto más podemos cobrar, debería ser cuánto podemos cobrar sin conseguir que la gente deje de querer venir.

Porque si seguimos añadiendo capas, categorías, suplementos y experiencias premium a algo tan sencillo como ir a escuchar música en directo, llegará un momento en el que el concierto será lo de menos.

Y eso sí sería una mala noticia. No por Lagos y no por La Riviera. Sino por todos los que todavía queremos que ir a un concierto siga siendo eso: comprar una entrada, entrar y disfrutar de la música.

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