El miedo tiene muchas formas. A veces llega disfrazado de responsabilidad, otras de dudas, de expectativas o de ese “mejor no lo hagas” que aparece justo cuando estamos a punto de hacer algo por nosotros mismos. El 2 de septiembre puede servir como punto de partida para hablar de una idea tan sencilla como complicada de llevar a la práctica: vivir sin miedo.
Y, en medio de todo eso, está la música. No porque una canción pueda solucionar aquello que nos preocupa. Tampoco porque escuchar un tema vaya a borrar de repente nuestras inseguridades. La música hace algo bastante más sencillo y, quizá por eso, más importante: durante unos minutos nos permite dejar de pensar en todo lo que deberíamos ser para volver a sentir quiénes somos.
El miedo también tiene su propia canción
Crecemos aprendiendo a medirlo todo. Medimos lo que decimos, lo que hacemos, lo que publicamos, lo que soñamos. Pensamos demasiado en si gustará, si funcionará, si estaremos a la altura o si alguien tendrá algo que decir. Y probablemente una de las cosas más difíciles de nuestra generación sea precisamente esa: atreverse a hacer algo sin tener la certeza de que va a salir bien.
La música, curiosamente, nunca ha necesitado esa certeza. Un artista escribe una canción sin saber exactamente quién la escuchará. Se sube a un escenario sin conocer la reacción de todo el público. Publica aquello que llevaba meses guardado en un ordenador y, de repente, deja de pertenecerle del todo. También ahí existe una forma de valentía, porque crear es exponerse.
Cuando suena nuestra canción, cambia algo
Por eso todos tenemos alguna canción que asociamos a una versión de nosotros mismos. La que escuchábamos cuando queríamos sentirnos invencibles. La que sonaba después de una ruptura. La que poníamos camino a casa cuando necesitábamos despejarnos. La que apareció en el momento exacto en el que necesitábamos escucharla.
No hace falta que una canción diga literalmente “no tengas miedo”. A veces basta con que nos haga caminar un poco más rápido. Con que nos devuelva las ganas de salir, con que durante tres minutos nos haga pensar que podemos con todo. La música no siempre nos quita el miedo. A veces simplemente consigue que el miedo deje de llevar el volante. Y eso ya es muchísimo.
A veces hace falta cambiar el filtro con el que se mira el mundo. También el que utilizamos para escuchar. Una reflexión sobre un eclipse solar ya planteaba esa conexión entre los filtros y nuestra manera de relacionarnos con la música. Porque no todo lo que suena a nuestro alrededor tiene por qué marcar el ritmo de nuestra vida.
Vivir sin miedo no significa no tener miedo
Quizá aquí esté la contradicción. Vivir sin miedo no significa convertirse en una persona que nunca duda. Significa aprender a no dejar que esas dudas decidan siempre por nosotros. Porque también da miedo empezar una canción. Dar un concierto, cambiar de estilo, decir lo que uno piensa o enseñar una parte de nosotros que normalmente escondemos. A los artistas les ocurre constantemente.
La música urbana, además, ha convertido muchas veces esa vulnerabilidad en identidad. Hablar de inseguridades, de relaciones, de dinero, de presión, de familia, de éxito o de fracaso también es una manera de quitarle poder a aquello que nos pesa. Lo que antes se quedaba dentro puede convertirse en una letra, y cuando esa letra llega a otra persona, deja de ser solamente nuestra.
Vivir sin miedo cuando somos nosotros mismos
Existe otra relación todavía más interesante entre la música y esta idea: la libertad de ser quien uno quiere ser. Escuchamos música porque nos representa. Porque encontramos palabras que nosotros no sabíamos cómo colocar. Porque un artista consigue expresar algo que llevábamos tiempo sintiendo. Y ahí está una de las razones por las que la música nos acompaña tanto.
Nos recuerda que no tenemos que parecernos a todo el mundo. Que podemos vestir diferente, podemos escuchar algo que nadie de nuestro alrededor entiende, bailamos aunque no sepamos bailar, cantamos aunque desafinemos, que podemos empezar de cero y que podemos cambiar. Incluso que podemos estar perdidos. La música no exige que tengamos todo resuelto para dejarnos entrar.

La música también es una forma de libertad
Cuando desaparecen las obligaciones, las notificaciones y el ruido de fuera, queda una canción sonando en unos auriculares. Y durante un instante no importa demasiado lo que espera el mundo. Importa lo que sentimos nosotros. Por eso hablar de vivir sin miedo también puede ser hablar de música. Porque existen canciones que nos han acompañado cuando no sabíamos qué hacer, conciertos en los que nos hemos sentido parte de algo y artistas que nos han enseñado que mostrar una parte vulnerable no nos hace más débiles. Nos hace humanos. El miedo probablemente seguirá ahí mañana. También pasado mañana. Tendremos dudas, responsabilidades, errores y días en los que volveremos a pensar demasiado. Pero de eso se trata.
De seguir adelante incluso cuando existe miedo. De ponerse los auriculares, de darle al reproductor y de recordar, aunque solamente dure una canción, que todavía somos capaces de ser nosotros mismos. Y si la música consigue eso, aunque sea durante unos minutos, que también sea una manera de vivir sin miedo. No para siempre, pero sí por un rato. Y a veces, con eso, basta.

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